Presumo de ser hombre de una sola palabra
soy hijo del esfuerzo y de la honestidad
que no hay puerta cerrada que mi empeño no abra
ni abiertas que no pueda cerrar a la maldad.
Por presumir presumo de nido con polluelos
que han ido poco a poco aprendiendo a volar
sospecho que siguiendo el rumbo de mi vuelo
van dejando en el cielo estelas al pasar.
Ser presuntuoso a veces resulta intolerable
a los que nunca pueden de nada presumir
la lluvia para todos no siempre es favorable
ni tampoco posible para todos subir
Me he jugado la vida en todas las batallas
las heridas más hondas las logré superar
ni siquiera los golpes de la envidia canalla
han logrado un instante que deje de luchar.
Presumo sin ambages de darme totalmente
de haber hecho en mi vida caminos al andar
cuando sobre mi río no quedaban ya puentes
He guardado la ropa y me he echado a nadar
Jamás he pretendido ser más de lo que he sido
Mi sino ha sido siempre ser fiel a mi verdad.
He tendido mi mano al que he visto caído
cuando así lo ha mandado la solidaridad.
A la hora del balance, lo asumo todo entero
sigo fiel a mí mismo como siempre lo fui
y aún me quedan recursos, puedo empezar de nuevo
porque el bajar los brazos no se hizo para mí.
Está en los libros y
en la vida que los trabajos de los hombres siempre fueron más largos y pesados
que los de los dioses. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Un hecho es lo que
el día trae, otro hecho es lo que nosotros, por nosotros mismos, le aportamos,
la víspera. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Conócete a ti mismo,
como si conocerse a uno mismo no fuese la quinta y más dificultosa operación de
las aritméticas humanas. #LeyendoSaramago@darwin_vala
En una hora como
ésta, cuando pisas la tierra mojada y tienes tan cerca de la cabeza la primera
piel del cielo #LeyendoSaramago@darwin_vala
Buena verdad es que
ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Porque en la
historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde
o temprano, en un acto de creación. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Qué suerte he tenido de nacer,
para estrechar la mano de un amigo
y poder asistir como testigo
al milagro de cada amanecer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para tener la opción de la balanza,
sopesar la derrota y la esperanza
con la gloria y el miedo de caer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para entender que el honesto y el perverso
son dueños por igual del universo
aunque tengan distinto parecer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para callar cuando habla el que más sabe,
aprender a escuchar, ésa es la clave,
si se tiene intenciones de saber.
Qué suerte he tenido de nacer,
y lo digo sin falsos triunfalismos,
la victoria total, la de uno mismo,
se concreta en el ser y en el no ser.
Qué suerte he tenido de nacer,
para cantarle a la gente y a la rosa
y al perro y al amor y a cualquier cosa
que pueda el sentimiento recoger.
Qué suerte he tenido de nacer,
para tener acceso a la fortuna
de ser río en lugar de ser laguna,
de ser lluvia en lugar de ver llover.
Qué suerte he tenido de nacer,
para comer a conciencia la manzana,
sin el miedo ancestral a la sotana
ni a la venganza final de Lucifer.
Pero sé, bien que sé...
que algún día también me moriré.
Si ahora vivo contento con mi suerte,
sabe Dios qué pensaré cuando mi muerte,
cuál será en la agonía mi balance, no lo sé,
nunca estuve en ese trance.
Pero sé, bien que sé...
que en mi viaje final escucharé
el ambiguo tañir delas campanas
saludando mi adiós, y otra mañana
y otra voz, como yo, con otro acento,
cantará a los cuatro vientos...
. . . La legislación norteamericana
de la misma época se propuso el objetivo opuesto, para promover la colonización
interna de los Estados Unidos. Crujían las carretas de los pioneros que iban extendiendo
la frontera, a costa de las matanzas de los indígenas, hacia las tierras
vírgenes del oeste: la Ley Lincoln de 1862, el Meted Act, aseguraba a cada
familia la propiedad de lotes de 65 hectáreas. Cada beneficiario se comprometía
a cultivar su parcela por un período no menor de cinco años. El dominio público
se colonizó con rapidez asombrosa; la población aumentaba y se propagaba como una
enorme mancha de aceite sobre el mapa. La tierra accesible, fértil y casi
gratuita, atraía a los campesinos europeos con un imán irresistible: cruzaban
el océano y también los Apalaches rumbo a las praderas abiertas. Fueron
granjeros libres, así, quienes ocuparon los nuevos territorios del centro y del
oeste. Mientras el país crecía en superficie y en población, se creaban fuentes
de trabajo agrícola y al mismo tiempo se generaba un mercado interno con gran
poder adquisitivo, la enorme masa de los granjeros propietarios, para sustentar
la pujanza del desarrollo industrial. En cambio, los trabajadores rurales que,
desde hace más de un siglo, han movilizado con ímpetu la frontera interior de
Brasil, no han ido no son familias de campesinos libres en busca de un trozo de
tierra propia, como se observa en Ribeiro, sino braceros contratados para
servir a los latifundistas que previamente han tomado posesión de los grandes
espacios vacíos. Los desiertos interiores nunca fueron accesibles, como no
fuera de esta manera, a la población rural. En provecho ajeno, los obreros han
ido abriendo el país, a golpes de machete, a través de la selva. La colonización
resulta una simple extensión del área latifundista. Entre 1930 y 1950, 65
latifundios brasileños absorbieron la cuarta parte de las nuevas tierras
incorporadas a la agricultura.
Estos dos opuestos
sistemas de colonización interior muestran una de las diferencias más importantes
entre los modelos de desarrollo de los Estados Unidos y de América Latina. ¿Por
qué el norte es rico y el sur pobre? El río Bravo señala mucho más que una
frontera geográfica. El hondo desequilibrio de nuestros días, que parece
confirmar la profecía de Hegel sobre la inevitable guerra entre una y otra
América, ¿nació de la expansión imperialista de los Estados Unidos o tiene raíces
más antiguas? En realidad, al norte y al sur se habían generado, ya en la
matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servicio de fines que no
eran los mismos. Los peregrinos de Mayflower no atravesaron el mar para
conquistar tesoros legendarios ni para atrasar las civilizaciones indígenas
existentes en el norte, sino para establecerse con sus familias y reproducir, en
el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa. No
eran soldados de fortuna, sino pioneros; no venían a conquistar, sino a
colonizar: fundaron «colonias de poblamientos». Es cierto que el proceso
posterior desarrolló, al sur de la bahía de Delaware, una economía de
plantaciones esclavistas semejantes a la que surgió en América Latina, pero con
la diferencia de que en Estados Unidos el centro de gravedad estuvo desde el
principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde
saldrían los ejércitos vencedores de la Guerra de Secesión en el siglo XIX. Los
colonos de Nueva Inglaterra, núcleo original de la civilización norteamericana,
no actuaron nunca como agentes coloniales de la acumulación capitalista
europea; desde el principio, vivieron al servicio de su propio desarrollo y del
desarrollo de su tierra nueva. Las trece colonias del norte sirvieron de
desembocadura al ejército de campesinos y artesanos europeos que el desarrollo
metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres
formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar.
España y Portugal
contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra servil en América
Latina. A la esclavitud de los indígenas sucedió el trasplante en masa de los
esclavos africanos. A lo largo de los siglos, hubo siempre una legión enorme de
campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los centros de
producción: las zonas florecientes coexistieron siempre con las decadentes, al
ritmo de los auges y las caídas de las exportaciones de metales preciosos o
azúcar, y las zonas de decadencia surtían de mano de obra a las zonas
florecientes. Esta estructura persiste hasta nuestros días, y también en la
actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presión que los
desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del
mercado interno de consumo . . .
Eduardo Galeano <<Las venas abiertas de América Latina>>
San Juan Crisóstomo decía: "Cuando la primera mujer habló, provocó
el pecado original" y San Ambrosio concluía: "Si a la mujer se le
permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre".
La iglesia Católica, les prohíbe la palabra.
Los fundamentalistas musulmanes, les mutilan el sexo y les tapan la cara.
Los judíos muy ortodoxos empiezan el día agradeciendo: "Gracias Señor por
no haberme hecho mujer".
Saben cocer.
Saben bordar.
Saben sufrir y
cocinar.
Hijas obedientes.
Madres abnegadas.
Esposas resignadas.
Durante siglos o milenios ha sido así, aunque de su pasado sabemos poco.
Ecos de voces masculinas. Sombras de otros cuerpos.
Para elogiar a un prócer se dice: "Detrás de todo gran hombre hubo
una mujer", reduciendo a la mujer a la triste condición de respaldo de
silla.
Hoy voy a contarles, a mi modo y manera, algunas historias de mujeres que
no siempre coinciden con éste identikit.
Están allí pintadas las paredes, los techos de las cavernas; alces,
bisontes, figuras que vienen de eso que llaman Prehistoria; caballos, fieras,
hombres, mujeres que no tienen edad. Fueron pintadas, pintados, hace miles y
miles de años, pero nacen de nuevo cada vez que alguien las mira.
Y uno se pregunta: ¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos pintar
de tan delicada manera?, ¿Cómo pudieron aquellos brutos que peleaban mano a
mano con las fieras más feroces, crear esas figuras tan, tan plenas de gracia,
esas mágicas obras volanderas que se escapan de la roca y por los aires
vuelan?, ¿Cómo, cómo pudieron ellos?... ¿O eran Ellas?
Si Eva hubiera escrito el génesis... ¿Cómo sería la primera noche de amor
del género humano? Eva hubiera puesto algunos puntos sobre las ies; quizá, digo
yo, no sé, hubiera aclarado que ella no nació de ninguna costilla, que no
conoció a ninguna serpiente, que no ofreció nunca ninguna manzana a nadie y que
nadie le dijo que: "Parirás con dolor" y "Tu marido te
dominará"... Y que todo eso, diría Eva, no son más que calumnias que Adán
contó a la prensa.
Si las Santas, y no los santos, hubieran escrito los Evangelios... ¿Cómo
sería la primera noche de la era cristiana? Las Santas hubieran contado que
estaban todos de muy buen humor; todos: la Virgen, el niño Jesús resplandeciente
en su cuna de paja, el buey, el asno, los Reyes Magos recién venidos de Oriente
y hasta la estrella que los había conducido a Belén, todos, todos contentos,
menos uno. San José, sombrío, murmuró: "Yo quería una nena".
Desde el año 1234 la religión católica prohibió que las mujeres cantaran
en las iglesias. Las mujeres, impuras por naturaleza, ensuciaban la música
sagrada que solo podía ser entonada por niños varones o por hombres castrados.
Esta pena de silencio rigió durante siete siglos, siete siglos y pico, hasta
que, con el siglo XX, hace un rato nomás, las mujeres pudieron cantar en las
iglesias solas o en coros. Poco antes de que se pusiera en marcha esta
prohibición contra las hijas de Eva, hubo una monja llamada Hildegarda, que dirigió
un convento a las orillas del Rin, en una ciudad, Bingen, y que creó la música
litúrgica que a mí me parece la más bella de todas, la que más me llega, la que
más profundamente me llega al último rinconcito del alma. Y esa música fue
escrita, compuesta para ser cantada por mujeres, las monjas de la Abadía de
Bingen que dirigía Hildegarda; y por suerte el tiempo no les borró las voces,
esas voces de ángeles que supieron cantar como nadie a la gloria del paraíso.
Y, Hildegarda no se limitó a componer música maravillosa, que durante siglos
fueron traidoramente entonadas por hombres porque las mujeres no podían
cantarlas, sino que además fue una adelantada de su tiempo, que hace muchos
años, ochocientos años, año más año menos, supo desafiar el monopolio masculino
del convento y convirtió a su convento en un reducto, en un santuario de la
libertad femenina. Y que supo escribir en sus trances místicos páginas que han
perdurado, donde la mujer ocupa un lugar central, porque Hildegarda decía, y
sabía lo que decía, que: "La sangre de veras sucia no es la sangre de la
menstruación sino la sangre de las guerras".
No sé cómo lo percibirán los niños de ahora, pero, en aquellas épocas remotas, para la infancia que fuimos, nos parecía que el tiempo estaba hecho de una especie particular de horas, todas lentas, arrastradas, interminables. Tuvieron que pasar algunos años para que comenzásemos a comprender, ya sin remedio, que cada una tenía soló sesenta minutos, y, más tarde aún, tendríamos la certeza de que todos ellos, sin excepción, acababan al final de sesenta segundos . . .