. . . La legislación norteamericana
de la misma época se propuso el objetivo opuesto, para promover la colonización
interna de los Estados Unidos. Crujían las carretas de los pioneros que iban extendiendo
la frontera, a costa de las matanzas de los indígenas, hacia las tierras
vírgenes del oeste: la Ley Lincoln de 1862, el Meted Act, aseguraba a cada
familia la propiedad de lotes de 65 hectáreas. Cada beneficiario se comprometía
a cultivar su parcela por un período no menor de cinco años. El dominio público
se colonizó con rapidez asombrosa; la población aumentaba y se propagaba como una
enorme mancha de aceite sobre el mapa. La tierra accesible, fértil y casi
gratuita, atraía a los campesinos europeos con un imán irresistible: cruzaban
el océano y también los Apalaches rumbo a las praderas abiertas. Fueron
granjeros libres, así, quienes ocuparon los nuevos territorios del centro y del
oeste. Mientras el país crecía en superficie y en población, se creaban fuentes
de trabajo agrícola y al mismo tiempo se generaba un mercado interno con gran
poder adquisitivo, la enorme masa de los granjeros propietarios, para sustentar
la pujanza del desarrollo industrial. En cambio, los trabajadores rurales que,
desde hace más de un siglo, han movilizado con ímpetu la frontera interior de
Brasil, no han ido no son familias de campesinos libres en busca de un trozo de
tierra propia, como se observa en Ribeiro, sino braceros contratados para
servir a los latifundistas que previamente han tomado posesión de los grandes
espacios vacíos. Los desiertos interiores nunca fueron accesibles, como no
fuera de esta manera, a la población rural. En provecho ajeno, los obreros han
ido abriendo el país, a golpes de machete, a través de la selva. La colonización
resulta una simple extensión del área latifundista. Entre 1930 y 1950, 65
latifundios brasileños absorbieron la cuarta parte de las nuevas tierras
incorporadas a la agricultura.
Estos dos opuestos
sistemas de colonización interior muestran una de las diferencias más importantes
entre los modelos de desarrollo de los Estados Unidos y de América Latina. ¿Por
qué el norte es rico y el sur pobre? El río Bravo señala mucho más que una
frontera geográfica. El hondo desequilibrio de nuestros días, que parece
confirmar la profecía de Hegel sobre la inevitable guerra entre una y otra
América, ¿nació de la expansión imperialista de los Estados Unidos o tiene raíces
más antiguas? En realidad, al norte y al sur se habían generado, ya en la
matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servicio de fines que no
eran los mismos. Los peregrinos de Mayflower no atravesaron el mar para
conquistar tesoros legendarios ni para atrasar las civilizaciones indígenas
existentes en el norte, sino para establecerse con sus familias y reproducir, en
el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa. No
eran soldados de fortuna, sino pioneros; no venían a conquistar, sino a
colonizar: fundaron «colonias de poblamientos». Es cierto que el proceso
posterior desarrolló, al sur de la bahía de Delaware, una economía de
plantaciones esclavistas semejantes a la que surgió en América Latina, pero con
la diferencia de que en Estados Unidos el centro de gravedad estuvo desde el
principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde
saldrían los ejércitos vencedores de la Guerra de Secesión en el siglo XIX. Los
colonos de Nueva Inglaterra, núcleo original de la civilización norteamericana,
no actuaron nunca como agentes coloniales de la acumulación capitalista
europea; desde el principio, vivieron al servicio de su propio desarrollo y del
desarrollo de su tierra nueva. Las trece colonias del norte sirvieron de
desembocadura al ejército de campesinos y artesanos europeos que el desarrollo
metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres
formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar.
España y Portugal
contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra servil en América
Latina. A la esclavitud de los indígenas sucedió el trasplante en masa de los
esclavos africanos. A lo largo de los siglos, hubo siempre una legión enorme de
campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los centros de
producción: las zonas florecientes coexistieron siempre con las decadentes, al
ritmo de los auges y las caídas de las exportaciones de metales preciosos o
azúcar, y las zonas de decadencia surtían de mano de obra a las zonas
florecientes. Esta estructura persiste hasta nuestros días, y también en la
actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presión que los
desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del
mercado interno de consumo . . .
Eduardo Galeano <<Las venas abiertas de América Latina>>