Presumo de ser hombre de una sola palabra
soy hijo del esfuerzo y de la honestidad
que no hay puerta cerrada que mi empeño no abra
ni abiertas que no pueda cerrar a la maldad.
Por presumir presumo de nido con polluelos
que han ido poco a poco aprendiendo a volar
sospecho que siguiendo el rumbo de mi vuelo
van dejando en el cielo estelas al pasar.
Ser presuntuoso a veces resulta intolerable
a los que nunca pueden de nada presumir
la lluvia para todos no siempre es favorable
ni tampoco posible para todos subir
Me he jugado la vida en todas las batallas
las heridas más hondas las logré superar
ni siquiera los golpes de la envidia canalla
han logrado un instante que deje de luchar.
Presumo sin ambages de darme totalmente
de haber hecho en mi vida caminos al andar
cuando sobre mi río no quedaban ya puentes
He guardado la ropa y me he echado a nadar
Jamás he pretendido ser más de lo que he sido
Mi sino ha sido siempre ser fiel a mi verdad.
He tendido mi mano al que he visto caído
cuando así lo ha mandado la solidaridad.
A la hora del balance, lo asumo todo entero
sigo fiel a mí mismo como siempre lo fui
y aún me quedan recursos, puedo empezar de nuevo
porque el bajar los brazos no se hizo para mí.
Está en los libros y
en la vida que los trabajos de los hombres siempre fueron más largos y pesados
que los de los dioses. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Un hecho es lo que
el día trae, otro hecho es lo que nosotros, por nosotros mismos, le aportamos,
la víspera. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Conócete a ti mismo,
como si conocerse a uno mismo no fuese la quinta y más dificultosa operación de
las aritméticas humanas. #LeyendoSaramago@darwin_vala
En una hora como
ésta, cuando pisas la tierra mojada y tienes tan cerca de la cabeza la primera
piel del cielo #LeyendoSaramago@darwin_vala
Buena verdad es que
ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Porque en la
historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde
o temprano, en un acto de creación. #LeyendoSaramago@darwin_vala
Qué suerte he tenido de nacer,
para estrechar la mano de un amigo
y poder asistir como testigo
al milagro de cada amanecer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para tener la opción de la balanza,
sopesar la derrota y la esperanza
con la gloria y el miedo de caer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para entender que el honesto y el perverso
son dueños por igual del universo
aunque tengan distinto parecer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para callar cuando habla el que más sabe,
aprender a escuchar, ésa es la clave,
si se tiene intenciones de saber.
Qué suerte he tenido de nacer,
y lo digo sin falsos triunfalismos,
la victoria total, la de uno mismo,
se concreta en el ser y en el no ser.
Qué suerte he tenido de nacer,
para cantarle a la gente y a la rosa
y al perro y al amor y a cualquier cosa
que pueda el sentimiento recoger.
Qué suerte he tenido de nacer,
para tener acceso a la fortuna
de ser río en lugar de ser laguna,
de ser lluvia en lugar de ver llover.
Qué suerte he tenido de nacer,
para comer a conciencia la manzana,
sin el miedo ancestral a la sotana
ni a la venganza final de Lucifer.
Pero sé, bien que sé...
que algún día también me moriré.
Si ahora vivo contento con mi suerte,
sabe Dios qué pensaré cuando mi muerte,
cuál será en la agonía mi balance, no lo sé,
nunca estuve en ese trance.
Pero sé, bien que sé...
que en mi viaje final escucharé
el ambiguo tañir delas campanas
saludando mi adiós, y otra mañana
y otra voz, como yo, con otro acento,
cantará a los cuatro vientos...
. . . La legislación norteamericana
de la misma época se propuso el objetivo opuesto, para promover la colonización
interna de los Estados Unidos. Crujían las carretas de los pioneros que iban extendiendo
la frontera, a costa de las matanzas de los indígenas, hacia las tierras
vírgenes del oeste: la Ley Lincoln de 1862, el Meted Act, aseguraba a cada
familia la propiedad de lotes de 65 hectáreas. Cada beneficiario se comprometía
a cultivar su parcela por un período no menor de cinco años. El dominio público
se colonizó con rapidez asombrosa; la población aumentaba y se propagaba como una
enorme mancha de aceite sobre el mapa. La tierra accesible, fértil y casi
gratuita, atraía a los campesinos europeos con un imán irresistible: cruzaban
el océano y también los Apalaches rumbo a las praderas abiertas. Fueron
granjeros libres, así, quienes ocuparon los nuevos territorios del centro y del
oeste. Mientras el país crecía en superficie y en población, se creaban fuentes
de trabajo agrícola y al mismo tiempo se generaba un mercado interno con gran
poder adquisitivo, la enorme masa de los granjeros propietarios, para sustentar
la pujanza del desarrollo industrial. En cambio, los trabajadores rurales que,
desde hace más de un siglo, han movilizado con ímpetu la frontera interior de
Brasil, no han ido no son familias de campesinos libres en busca de un trozo de
tierra propia, como se observa en Ribeiro, sino braceros contratados para
servir a los latifundistas que previamente han tomado posesión de los grandes
espacios vacíos. Los desiertos interiores nunca fueron accesibles, como no
fuera de esta manera, a la población rural. En provecho ajeno, los obreros han
ido abriendo el país, a golpes de machete, a través de la selva. La colonización
resulta una simple extensión del área latifundista. Entre 1930 y 1950, 65
latifundios brasileños absorbieron la cuarta parte de las nuevas tierras
incorporadas a la agricultura.
Estos dos opuestos
sistemas de colonización interior muestran una de las diferencias más importantes
entre los modelos de desarrollo de los Estados Unidos y de América Latina. ¿Por
qué el norte es rico y el sur pobre? El río Bravo señala mucho más que una
frontera geográfica. El hondo desequilibrio de nuestros días, que parece
confirmar la profecía de Hegel sobre la inevitable guerra entre una y otra
América, ¿nació de la expansión imperialista de los Estados Unidos o tiene raíces
más antiguas? En realidad, al norte y al sur se habían generado, ya en la
matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servicio de fines que no
eran los mismos. Los peregrinos de Mayflower no atravesaron el mar para
conquistar tesoros legendarios ni para atrasar las civilizaciones indígenas
existentes en el norte, sino para establecerse con sus familias y reproducir, en
el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa. No
eran soldados de fortuna, sino pioneros; no venían a conquistar, sino a
colonizar: fundaron «colonias de poblamientos». Es cierto que el proceso
posterior desarrolló, al sur de la bahía de Delaware, una economía de
plantaciones esclavistas semejantes a la que surgió en América Latina, pero con
la diferencia de que en Estados Unidos el centro de gravedad estuvo desde el
principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde
saldrían los ejércitos vencedores de la Guerra de Secesión en el siglo XIX. Los
colonos de Nueva Inglaterra, núcleo original de la civilización norteamericana,
no actuaron nunca como agentes coloniales de la acumulación capitalista
europea; desde el principio, vivieron al servicio de su propio desarrollo y del
desarrollo de su tierra nueva. Las trece colonias del norte sirvieron de
desembocadura al ejército de campesinos y artesanos europeos que el desarrollo
metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres
formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar.
España y Portugal
contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra servil en América
Latina. A la esclavitud de los indígenas sucedió el trasplante en masa de los
esclavos africanos. A lo largo de los siglos, hubo siempre una legión enorme de
campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los centros de
producción: las zonas florecientes coexistieron siempre con las decadentes, al
ritmo de los auges y las caídas de las exportaciones de metales preciosos o
azúcar, y las zonas de decadencia surtían de mano de obra a las zonas
florecientes. Esta estructura persiste hasta nuestros días, y también en la
actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presión que los
desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del
mercado interno de consumo . . .
Eduardo Galeano <<Las venas abiertas de América Latina>>
San Juan Crisóstomo decía: "Cuando la primera mujer habló, provocó
el pecado original" y San Ambrosio concluía: "Si a la mujer se le
permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre".
La iglesia Católica, les prohíbe la palabra.
Los fundamentalistas musulmanes, les mutilan el sexo y les tapan la cara.
Los judíos muy ortodoxos empiezan el día agradeciendo: "Gracias Señor por
no haberme hecho mujer".
Saben cocer.
Saben bordar.
Saben sufrir y
cocinar.
Hijas obedientes.
Madres abnegadas.
Esposas resignadas.
Durante siglos o milenios ha sido así, aunque de su pasado sabemos poco.
Ecos de voces masculinas. Sombras de otros cuerpos.
Para elogiar a un prócer se dice: "Detrás de todo gran hombre hubo
una mujer", reduciendo a la mujer a la triste condición de respaldo de
silla.
Hoy voy a contarles, a mi modo y manera, algunas historias de mujeres que
no siempre coinciden con éste identikit.
Están allí pintadas las paredes, los techos de las cavernas; alces,
bisontes, figuras que vienen de eso que llaman Prehistoria; caballos, fieras,
hombres, mujeres que no tienen edad. Fueron pintadas, pintados, hace miles y
miles de años, pero nacen de nuevo cada vez que alguien las mira.
Y uno se pregunta: ¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos pintar
de tan delicada manera?, ¿Cómo pudieron aquellos brutos que peleaban mano a
mano con las fieras más feroces, crear esas figuras tan, tan plenas de gracia,
esas mágicas obras volanderas que se escapan de la roca y por los aires
vuelan?, ¿Cómo, cómo pudieron ellos?... ¿O eran Ellas?
Si Eva hubiera escrito el génesis... ¿Cómo sería la primera noche de amor
del género humano? Eva hubiera puesto algunos puntos sobre las ies; quizá, digo
yo, no sé, hubiera aclarado que ella no nació de ninguna costilla, que no
conoció a ninguna serpiente, que no ofreció nunca ninguna manzana a nadie y que
nadie le dijo que: "Parirás con dolor" y "Tu marido te
dominará"... Y que todo eso, diría Eva, no son más que calumnias que Adán
contó a la prensa.
Si las Santas, y no los santos, hubieran escrito los Evangelios... ¿Cómo
sería la primera noche de la era cristiana? Las Santas hubieran contado que
estaban todos de muy buen humor; todos: la Virgen, el niño Jesús resplandeciente
en su cuna de paja, el buey, el asno, los Reyes Magos recién venidos de Oriente
y hasta la estrella que los había conducido a Belén, todos, todos contentos,
menos uno. San José, sombrío, murmuró: "Yo quería una nena".
Desde el año 1234 la religión católica prohibió que las mujeres cantaran
en las iglesias. Las mujeres, impuras por naturaleza, ensuciaban la música
sagrada que solo podía ser entonada por niños varones o por hombres castrados.
Esta pena de silencio rigió durante siete siglos, siete siglos y pico, hasta
que, con el siglo XX, hace un rato nomás, las mujeres pudieron cantar en las
iglesias solas o en coros. Poco antes de que se pusiera en marcha esta
prohibición contra las hijas de Eva, hubo una monja llamada Hildegarda, que dirigió
un convento a las orillas del Rin, en una ciudad, Bingen, y que creó la música
litúrgica que a mí me parece la más bella de todas, la que más me llega, la que
más profundamente me llega al último rinconcito del alma. Y esa música fue
escrita, compuesta para ser cantada por mujeres, las monjas de la Abadía de
Bingen que dirigía Hildegarda; y por suerte el tiempo no les borró las voces,
esas voces de ángeles que supieron cantar como nadie a la gloria del paraíso.
Y, Hildegarda no se limitó a componer música maravillosa, que durante siglos
fueron traidoramente entonadas por hombres porque las mujeres no podían
cantarlas, sino que además fue una adelantada de su tiempo, que hace muchos
años, ochocientos años, año más año menos, supo desafiar el monopolio masculino
del convento y convirtió a su convento en un reducto, en un santuario de la
libertad femenina. Y que supo escribir en sus trances místicos páginas que han
perdurado, donde la mujer ocupa un lugar central, porque Hildegarda decía, y
sabía lo que decía, que: "La sangre de veras sucia no es la sangre de la
menstruación sino la sangre de las guerras".
No sé cómo lo percibirán los niños de ahora, pero, en aquellas épocas remotas, para la infancia que fuimos, nos parecía que el tiempo estaba hecho de una especie particular de horas, todas lentas, arrastradas, interminables. Tuvieron que pasar algunos años para que comenzásemos a comprender, ya sin remedio, que cada una tenía soló sesenta minutos, y, más tarde aún, tendríamos la certeza de que todos ellos, sin excepción, acababan al final de sesenta segundos . . .
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora
Me gustan los
que se callan y me gustan los que cantan y de tanto andar conmigo me gusta lo
que me pasa.
Me pasan cosas
como esta, aunque no tenga importancia andar contándole a todos, todas las
cosas que me pasan.
Porque uno no
vive solo y lo que a uno le pasa le está sucediendo al mundo, única razón, y
causa, pues todito es tan perfecto porque perfecto es Dios, que se muera alguna
estrella cuando arranca una flor, por eso si hay uno, hay dos.
Supe del
diablo la noche que al hambriento dije no y también esa noche supe que el
diablo es hijo de Dios.
Ando solo por
la vida con un tono y dominante modestamente cantoso y pretensión de enseñar, porque
si el mundo es redondo, no sé qué es ir adelante. Andar y andar, siempre
andando, nada más que por andar.
No vine a
explicar al mundo, sólo vine a tocar. No quiero juzgar al hombre, al hombre
quiero contar.
Mi condición
es la vida y mi camino, cantar ¡cantar! y contar la vida, es mi manera de
andar.
Un día llegue
a Tandil y conocí a un anciano que a falta de inteligencia se le dio por ser
muy sabio, le pregunté por Jesús una noche al lindo viejo y ahí mismo lo
conocí, cuando me alcanzó un espejo.
Yo bailo con
mi canción y no con la que me tocan, yo no soy la libertad, pero si el que la
provoca.
Si ya conozco
el camino para que voy a andar acostado, si la libertad me gusta para que voy a
vivir de esclavo, elegir yo siempre elijo, más que por mí por mi hermano, y si
he elegido ser águila fue por amor al gusano.
Prefiero seguir
a pie y no en caballo prestado, alguien por una manzana para siempre quedó
endeudado, siempre llega primero aquel que va más descargado.
El día que yo
me muera no habrá que usar la balanza pues para velar a un cantor con una
milonga alcanza.
Doy la cara al
enemigo la espalda al buen comentario porque el que acepta un halago empieza a
ser dominado.
El hombre le hace
caricias al caballo, para montarlo.
Perdón si me
propasé y me puse moralejo, nadie puede dar consejos, no hay hombre que sea tan
viejo.
Me pongo el
sol al hombro y el mundo es amarillo.
Me gusta andar
pero no sigo el camino, pues lo seguro ya no tiene misterio, me gusta ir con el
verano muy lejos pero volver donde mi madre en invierno y ver los perros que
jamás me olvidaron y los caballos y los abrazos que me dan mis hermanos, me
gusta, me gusta, me gusta . . .
"El hombre duplicado"; excelente libro de José Saramago, llevado al cine a finales del 2013 por el cineasta Denis Villeneuve con el nombre "Enemy"
. . . El
hombre que acaba de entrar en la tienda para alquilar una película tiene en su
documento de identidad un nombre nada corriente, de cierto sabor clásico que el
tiempo ha transformado en vetusto, nada menos que Tertuliano Máximo Afonso. El
Máximo y el Afonso, de uso más común, todavía consigue admitirlos, siempre
dependiendo de la disposición de espíritu en que se encuentre, pero el
Tertuliano le pesa como una losa desde el primer día en que comprendió que el
maldito nombre podía ser pronunciado con una ironía casi ofensiva. Es profesor
de Historia en un instituto de enseñanza secundaria, y la película se la ha
sugerido un colega de trabajo, aunque previniéndole, No es ninguna obra maestra
del cine, pero te entretendrá durante hora y media. Verdaderamente Tertuliano Máximo
Afonso anda muy necesitado de estímulos que lo distraigan, vive solo y se
aburre, hablando con la exactitud clínica que la actualidad requiere, se ha rendido
a esa temporal debilidad de ánimo que suele conocerse como depresión. Para
tener una idea clara de su caso, basta decir que estuvo casado y ha olvidado
qué lo condujo al matrimonio, se divorció y ahora no quiere ni acordarse de los
motivos por los que se separó. A su favor cuenta que no hicieron de la
desdichada unión hijos que ahora le vengan exigiendo gratis el mundo en una
bandeja de plata, pero la dulce Historia, la seria y educativa asignatura de
Historia para cuya enseñanza fue contratado y que podría ser su amable refugio,
la contempla desde hace mucho tiempo como una fatiga sin sentido y un comienzo
sin fin . . .
Aquella esperanza que cabía en un dedal, aquella alta vereda junto al barro, aquel ir y venir del sueño, aquel horóscopo de un larguísimo viaje y el larguísimo viaje con adioses y gente y países de nieve y corazones donde cada kilómetro es un cielo distinto, aquella confianza desde nos cuándo, aquel juramento hasta nos dónde, aquella cruzado hacia nos qué, ese aquel que uno hubiera podido ser con otro ritmo y alguna lotería, en fin, para decirlo de una vez por todas, aquella esperanza que cabía en un dedal evidentemente no cabe en este sobre con sucios papeles de tantas manos sucias que me pagan, el lógico, en cada veintinueve por tener los libros rubricados al día y dejar que la vida transcurra, gotee simplemente como un aceite rancio.
En
homenaje a Juan Gelman, poeta y escritor argentino fallecido en México el día
14 enero 2014 a los 83 años de edad, podríamos citar sus escritos, frases y poesías,
pero prefiero mostrarles una carta escrita por José Saramago referente a Gelman,
donde se demuestra su fuerza y perseverancia ante la adversidad.
(carta de José Saramago a Julio Sanguinetti, 1999)
URGENTE
Para:
Exmo. Sr. Julio María Sanguinetti
Presidente de la República
Uruguay
De: José Saramago
Lanzarote
España
Lanzarote,
20 de octubre de 1999 Señor Presidente de la República Oriental de Uruguay:
Me
llamo José Saramago, soy portugués, escritor y actualmente vivo en una isla del
archipiélago de las Canarias. Mi mujer es española, tengo amigos en toda la
América que se expresa en castellano, y también, no sería necesario decirlo, en
Brasil, que habla mi lengua. Nada que cultural y socialmente importe al mundo
iberoamericano me es extraño. Pertenezco a ese mundo como pertenezco a la aldea
donde nací. Soy Premio Nobel de Literatura, pero no le escribo desde esa
condición. Ni siquiera tengo la certeza de que sea por escribir libros por lo
que me dirijo al presidente de la República de Uruguay. Querría que esta carta
fuese leída sólo porque contiene palabras de un hombre a otro hombre. Es cierto
que soy escritor, es cierto que soy Premio Nobel, pero eso viene en segundo y
en tercer lugar. Y no lo digo por modestia, lo digo porque únicamente en los
seres humanos (por desgracia no en todos) el sentimiento de humanidad puede
existir y resistir. Ese sentimiento es el que guía estas palabras.
Juan
Gelman, el gran poeta argentino, uno de los mayores que el mundo tiene hoy,
busca, desde hace años, a su nieto nacido en 1976, en Montevideo, adonde los
esbirros de la dictadura militar, en una operación más del Plan Cóndor,
transportaron a la madre embarazada. El padre de ese niño o de esa niña
apareció muerto en Argentina, asesinado, con un tiro en la nuca. De la madre
nada se sabe, su rastro se pierde en un centro clandestino de detención de
Montevideo, capital del país del que el Dr. Julio María Sanguinetti es presidente.
Si está vivo, el nieto de Juan Gelman tiene hoy 23 años. ¿Dónde se encuentra?
El Presidente de la República Oriental de Uruguay no se llama Juan Gelman, pero
podría, para su infelicidad, siendo, como también es, simplemente Julio María
Sanguinetti, estar ahora en la situación del Poeta, es decir, buscando con
desesperación a su propio nieto. ¿Qué haría? Si Juan Gelman, admitamos ahora
esta suposición, fuese el Presidente de Uruguay, ciertamente el Dr. Sanguinetti
llamaría a su puerta y le diría: " Ayúdeme a encontrar a mi nieto". Y
Juan Gelman, de eso tengo certeza, pondría toda su autoridad al servicio de esa
justicia.
Es
lo que yo, escritor portugués, le ruego al Dr. Julio María Sanguinetti:
"Ayude a Juan Gelman, ayude a la justicia, ayude a los muertos, a los
torturados y a los secuestrados ayudando a los vivos que los lloran y los
buscan, ayúdese a sí mismo, ayude a su conciencia, ayude al nieto desaparecido
que no tiene, pero que podría tener". No tengo nada más que pedirle, señor
Presidente, porque le estoy pidiendo todo.
Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje,
con lapsos de desaliento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin
triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos,
como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a
ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba
con humor: "La verdad es que ladro por no llorar". Sin embargo, la
razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.
¿Cómo amar entonces
sin comunicarse?
Para Raimundo representó un día de gloria cuando
su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más
extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día
Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta
y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos
perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del
mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en
varios sobrios ladridos: "Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi
forma de ladrar?". La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera:
"Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando
ladras, todavía se te nota el acento humano."
La
escuela del mundo al revés es la más democrática de las instituciones
educativas.
No
exige examen de admisión, no cobra matrícula y gratuitamente dicta sus cursos, a
todos y en todas partes, así en la tierra como en el cielo: por algo es hija
del sistema que ha conquistado, por primera vez en toda la historia de la
humanidad, el poder universal. En la escuela del mundo al revés, el plomo
aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las
nubes aprenden a arrastrarse por los caminos.
Los
modelos del éxito
El
mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa
la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Sus maestros calumnian la naturaleza:
la injusticia, dicen, es la ley natural. Milton Friedman, uno de los miembros más
prestigiosos del cuerpo docente, habla de «la tasa natural de desempleo». Por
ley natural, comprueban Richard Herrstein y Charles Murray, los negros están en
los más bajos peldaños de la escala social. Para explicar el éxito de sus
negocios, John D. Rockefeller solía decir que la naturaleza recompensa a los
más aptos y castiga a los inútiles; y más de un siglo después, muchos dueños
del mundo siguen creyendo que Charles Darwin escribió sus libros para
anunciarles la gloria.
¿Supervivencia
de los más aptos? La aptitud más útil para abrirse paso y sobrevivir, el killing
instinct, el instinto asesino, es virtud humana cuando sirve para que las
empresas grandes hagan la digestión de las empresas chicas y para que los
países fuertes devoren a los países débiles, pero es prueba de bestialidad
cuando cualquier pobre tipo sin trabajo sale a buscar comida con un cuchillo en
la mano. Los enfermos de la patología antisocial, locura y peligro que cada
pobre contiene, se inspiran en los modelos de buena salud del éxito social. Los
delincuentes de morondanga aprenden lo que saben elevando la mirada, desde
abajo, hacia las cumbres; estudian el ejemplo de los triunfadores y, mal que
bien, hacen lo que pueden para imitarles los méritos. Pero los jodidos siempre estarán jodidos, como
solía decir don Emilio Azcárraga, que fue amo y señor de la televisión
mexicana.
Las
posibilidades de que un banquero que vacía un banco pueda disfrutar, en paz,
del fruto de sus afanes son directamente proporcionales a las posibilidades de
que un ladrón que roba un banco vaya a parar a la cárcel o al cementerio. Cuando
un delincuente mata por alguna deuda impaga, la ejecución se llama ajuste de cuentas;
y se llama plan de ajuste la ejecución de un país endeudado, cuando la
tecnocracia internacional decide liquidarlo. El malevaje financiero secuestra
países y los cocina si no pagan el rescate: si se compara, cualquier hampón
resulta más inofensivo que Drácula bajo el sol. La economía mundial es la más
eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que
controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra
los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad
profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.
El
arte de engañar al prójimo, que los estafadores practican cazando incautos por
las calles, llega a lo sublime cuando algunos políticos de éxito ejercitan su
talento. En los suburbios del mundo, los jefes de estado venden los saldos y
retazos de sus países, a precio de liquidación por fin de temporada, como en
los suburbios de las ciudades los delincuentes venden, a precio vil, el botín
de sus asaltos.
Los
pistoleros que se alquilan para matar realizan, en plan minorista, la misma
tarea que cumplen, en gran escala, los generales condecorados por crímenes que
se elevan a la categoría de glorias militares. Los asaltantes, al acecho en las
esquinas, pegan zarpazos que son la versión artesanal de los golpes de fortuna
asestados por los grandes especuladores que desvalijan multitudes por computadora.
Los violadores que más ferozmente violan la naturaleza y los derechos humanos,
jamás van presos. Ellos tienen las llaves de las cárceles.
En
el mundo tal cual es, mundo al revés, los países que custodian la paz universal
son los que más armas fabrican y los que más armas venden a los demás países;
los bancos más prestigiosos son los que más narco-dólares lavan y los que más
dinero robado guardan; las industrias más exitosas son las que más envenenan el
planeta; y la salvación del medio ambiente es el más brillante negocio de las
empresas que lo aniquilan. Son dignos de impunidad y felicitación quienes matan
la mayor cantidad de gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad
de dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor cantidad de
naturaleza al menor costo.
Caminar
es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés.
Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por
la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico
de perder las cosas que tienen. El mundo al revés nos entrena para ver al
prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos
consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos. Estamos condenados a
morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que
alguna bala perdida no nos abrevia la existencia.
¿Será
esta libertad, la libertad de elegir entre esas desdichas amenazadas, nuestra
única libertad posible? El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en
lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el
futuro en lugar de imaginarlo: así practica el crimen, y así lo recomienda. En
su escuela, escuela del crimen son obligatorias las clases de impotencia,
amnesia y resignación. Pero está visto que no hay desgracia sin gracia, ni cara
que no tenga su contracara, ni desaliento que no busque su aliento. Ni tampoco
hay escuela que no encuentre su contraescuela.
Defender
la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y de la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar